ENTREVISTA: Lorena Álvarez

Hay en la voz de Lorena Álvarez algo como espectral, lejano y triste, antiguo de esa manera imprecisa en que son antiguos los cantes populares que más le gustan, que por haber existido tanto tiempo ya no se sabe bien de dónde han salido, ni de quién. Hay en sus canciones una bruma suave como la de los sueños. Dan un escalofrío de soledad o de congoja que por alguna razón es compatible con la dulzura, a veces también con la alegría. Lorena Álvarez habla de la alegría y habla de la pena, o de la alegría que se convierte en pena, o al revés. Un niño corre entusiasmado jugando a algo y de pronto se cae al suelo y se echa a llorar, y al rato se le pasa y sigue jugando. Las canciones de Lorena Álvarez te hacen sentir frágil y de algún modo amparado, como los antiguos Cuentos al amor de la lumbre, o tienen ese júbilo tenebroso de las viejas canciones infantiles. Lo triste es triste y también es un juego. En la rumba, en el flamenco, en las sevillanas, hasta el dolor más hondo se puede bailar. En las ferias, entre rebujitos, la gente baila esta canción de los Chichos: «La droga tiene tristeza, la droga tiene alegría, la droga te va matando por la noche y por el día». Quizá si el dolor es solo dolor no puede ser arte, y quizá casi nunca es solo dolor. Toda la pena de la vida cabe en una luminosa canción del Pescaílla. El Pescaílla canta «La chica de Ipanema» en inglés inventado y al escucharla uno se emociona y tiene la sensación de haberla comprendido profundamente pese a que en realidad no contiene ninguna palabra. Lorena Álvarez se dedica a cantar y a tocar pero también pinta y fabrica su propio merchandising, carpetas decoradas, mecheros de plástico en los que graba su nombre con una navaja. El formato no importa. Igual que en un pelo o en un trozo de piel cabe toda nuestra configuración genética, uno de sus mecheros contiene a Lorena en la misma medida que una de sus canciones o uno de los carteles que pinta para sus conciertos. En el flamenco, en la rumba, en el blues, en las canciones de Lorena Álvarez, hay mucha pena, pero también una cierta simpatía hacia la vida, un apego, una aceptación de las extrañas reglas que nos impone. El tiempo pasa muy rápido, nos transforma, nos deforma, hay dolor, amor, amigos y comida. Va junto. A mí me gusta escuchar a Lorena Álvarez porque me hace sentir que, con su luz y su sombra, este mundo es el mío.

 

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